Daniela:
Hay palabras que llegan antes que los hechos. A veces aparecen como un borde, como un murmullo que todavía no sabe en qué va a convertirse. En estos días, mientras conversábamos sobre ritmos, modos y formas de estar, me encontré pensando en ese instante previo al gesto, ese pequeño umbral donde algo empieza a existir sin haberse declarado del todo. A eso, en mi lenguaje interno, lo llamo afeir: el momento anterior a la forma.
Y en medio de ese afeir compartido, apareció una palabra que se acomodó sola entre nosotros: Compañera.
Solo Compañera.
Una palabra limpia, sin adornos, sin exigencias, sin la carga de lo que no corresponde. Una palabra que nombra lo que sucede cuando dos personas adultas se encuentran para compartir un tramo del camino —un tramo que puede ser breve o largo, pero que no necesita justificarse más allá de la presencia honesta.
Simplemente nombra.
En este cuaderno secreto que compartimos —nuestro pequeño territorio sin testigos— dejo asentado este hallazgo: que hay vínculos que no necesitan definiciones complejas, sino apenas una palabra limpia y suficiente.
Leandro

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