sábado, 6 de junio de 2026

Carta para Daniela


Daniela:

Hay palabras que llegan antes que los hechos. A veces aparecen como un borde, como un murmullo que todavía no sabe en qué va a convertirse. En estos días, mientras conversábamos sobre ritmos, modos y formas de estar, me encontré pensando en ese instante previo al gesto, ese pequeño umbral donde algo empieza a existir sin haberse declarado del todo. A eso, en mi lenguaje interno, lo llamo afeir: el momento anterior a la forma.

Y en medio de ese afeir compartido, apareció una palabra que se acomodó sola entre nosotros: Compañera.

No pareja.
No proyecto.
No promesa.
No destino.
No futuro hipotecado.
No pasado que reclamar.

Solo Compañera.

Una palabra limpia, sin adornos, sin exigencias, sin la carga de lo que no corresponde. Una palabra que nombra lo que sucede cuando dos personas adultas se encuentran para compartir un tramo del camino —un tramo que puede ser breve o largo, pero que no necesita justificarse más allá de la presencia honesta.

Compañera es quien acompaña un rato, un día, una madrugada.
Quien escucha sin pedir un mapa del mañana.
Quien ofrece su risa sin disfrazarla de proyecto.
Quien comparte lo que tiene para compartir, sin convertirlo en contrato.

Es un vínculo sin proyección, pero no por eso menor.
Es cercanía sin obligación.
Es compañía sin estructura.
Es un acuerdo tácito de humanidad.

Y en ese marco, la palabra se vuelve justa.
No reduce.
No exagera.
No promete.
No hiere.

Simplemente nombra.

Por eso la elijo.
Porque deja espacio.
Porque no captura ni encierra.
Porque permite que cada encuentro sea lo que es, sin necesidad de explicarlo más de lo necesario.

En este cuaderno secreto que compartimos —nuestro pequeño territorio sin testigos— dejo asentado este hallazgo: que hay vínculos que no necesitan definiciones complejas, sino apenas una palabra limpia y suficiente.

Compañera.
Y con eso alcanza.

Leandro



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