sábado, 30 de mayo de 2026

La noche de La Calera

Ayer Daniela me invitó a un evento de lectura en el Museo Pedroni.

Era mi propia producción literaria, y me sentí bien, como si las palabras hubieran encontrado su sitio.
Al salir, pensé que iríamos a pasear por La Calera —esa ciudad donde viví más de un año y donde la conocí—, pero ella dijo con naturalidad:
“Vamos a su casa.”
Y así fue.

Nos vinimos en la Taunus.
Pedimos dos lomitos completos con papas en la rotisería de la vuelta: quince mil pesos los dos, sabrosos y humildes.
Ella no toma alcohol; el único vicio presente eran mis puchos.
La noche se armó con letras, risas y esa complicidad que no se fabrica: se reconoce.

Le presenté mi modo de escribir, mi voz, mi ritmo.
Ella escuchaba, leía, respondía.
Hasta que, en medio del juego, tomó el comando y me dio un beso.
Fue el gesto que venía soñando desde diciembre: simple, claro, inevitable.

Después, la conversación siguió como si el tiempo se hubiera detenido.
Me habló de su libertad, de su manera de entender el amor, de los sueños que la acompañan.
Yo la escuché con esa mezcla de sorpresa y gratitud que aparece cuando la vida te da una escena que no esperabas, pero que reconocés como tuya.

Dormí bien.
Me desperté temprano, liviano, con ganas de escribir.
Y escribo esto ahora, porque hay días en que el deseo y la palabra se reconcilian, y uno vuelve a sentirse entero.



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