Daniela, quiero contarte algo con calma, con cariño y con la honestidad que merecemos los dos.
Anoche mi mente quería darnos satisfacción a ambos.
Mi cabeza estaba ahí, presente, queriendo entregarse, queriendo que los dos llegáramos.
Pero mi cuerpo dijo no.
Y quiero que entiendas esto sin culpa y sin interpretaciones espirituales:
mi cuerpo no se negó a vos.
Mi cuerpo se protegió de mí mismo.
Vos misma lo adivinaste esta mañana cuando me quebré:
todavía estoy en duelo.
Todavía tengo muy presente a esa mujer con la que compartí ocho años de pareja y quince años de vida en total, contando amistad, complicidad y camino.
No es algo que se apague de un día para el otro.
No es algo que se pueda forzar.
Y lamento con todo mi corazón que hayas quedado en el medio de ese proceso.
No te lo merecés.
Mi cuerpo no puede pasar tan rápido de un recuerdo tan largo y tan profundo a una entrega plena con otra persona.
Mi mente quiere, pero mi cuerpo todavía está aprendiendo a soltar.
A veces incluso vuelvo a pensar en la idea de volverme célibe.
Es una idea que me ronda desde hace tiempo, como les pasa a muchos católicos cuando se separan:
el vínculo no se disuelve hasta la muerte, y aunque la Iglesia permite la separación, no permite rehacer la vida sexual.
No digo que vaya a hacerlo, pero la idea vuelve, insiste, toca la puerta.
Y en medio de todo eso, aparecés vos.
Con tu intensidad, tu mezcla, tu luz, tu música, tu fe, tu picardía de brujita.
Y mi cuerpo, que es más sabio que mi cabeza, se detiene.
No por rechazo.
No por falta de deseo.
Sino porque todavía está cuidando un duelo que no terminó de cerrarse.
Por suerte, mi cuerpo sí se portó bien con vos.
Te dio placer, te acompañó, te honró.
Y eso para mí es importante: que vos hayas recibido algo bueno de mí, incluso en medio de mi proceso.
Pero quiero que entiendas esto con claridad:
lo que pasó anoche no fue espiritual. Fue emocional y corporal.
No fue energía baja de mi casa ni de mi alma.
Fue la modorra y la resaca de mis medicamentos, que vos no conocías y que interpretaste desde tu marco espiritual.
Y está bien que lo hayas interpretado así: es tu lenguaje.
Pero cuando me di la ducha fría, toda mi energía volvió a subir.
Me despejé.
Me alineé.
Y ahí sí pude disfrutar tu playlist, que me encantó:
los cantos de tu Iglesia, el rock nacional, el metal, la música egipcia, el deep house…
todo mezclado como solo vos sabés mezclarlo.
Tan tuyo, tan preparado, tan brujita pícara, que hasta sospecho que lo armaste ex profeso para la noche.
Por eso quiero dejarte este límite con cariño:
No interpretes mi cuerpo ni mi casa desde tu espiritualidad.
Mi energía no estaba baja.
Mi cuerpo estaba en duelo, en resaca, en transición.
Y eso es humano, no místico.
Si vamos a seguir compartiendo, quiero que lo hagamos desde la verdad:
vos con tu luz, yo con mi duelo.
Vos con tu fe, yo con mi calma.
Vos con tu música, yo con mi cuerpo que todavía aprende a volver a abrirse.
No te cierro la puerta.
Solo te muestro dónde estoy parado.

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