Hay noches en que el pensamiento se sienta a la mesa con el deseo.
No se pelean, no se interrumpen: se reconocen.
Así fue esta tertulia con Daniela —la amiga, la escritora, la copiloto real— en la que la conversación se volvió territorio y el territorio, casa.
Hablamos de política, de cultura, de escritura.
Pero entre palabra y palabra, Eros se asomó.
No como intruso, sino como anfitrión.
Una ráfaga de calor, un viento que pasa por la zona donde la vida recuerda que está viva.
Y entonces todo se ordena: el cuerpo piensa, la mente siente, la amistad se vuelve campo fértil.
Por eso este post no es una confesión ni una declaración.
Es una invitación.
A que la amiga se sienta más como en casa, a que la tertulia se permita su tono humano, su respiración cálida, su leve transparencia.
Eros, el antiguo, el que viste a los que leen con túnicas y luz, está acá.
No para desbordar, sino para dar forma.
Para recordarnos que el pensamiento también tiene piel, y que la palabra, cuando se dice con verdad, es ya un gesto de amor.

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